Catalunya y España, otra vez
Lluís Foix
LA VANG 17 7 09
La fragilidad política de Zapatero lo ha empujado a dar vía libre a un nuevo modelo de financiación
Vuelve el viejo contencioso entre España y Catalunya a raíz del nuevo modelo de financiación autonómica, que no es sólo un reparto más equitativo de recursos en el marco del Estado autonómico, sino que abre la vía a una España federal. Coincido con el conseller Castells al poner el máximo énfasis en que es un cambio de modelo sobre el que se podrá construir una relación más justa entre las comunidades autónomas sin que el principio de subsidiariedad sea tan desproporcionado como hasta ahora. Un ciudadano de Catalunya puede aportar más al resto de sus conciudadanos, pero en ningún caso recibir menos del Estado como ha sido el caso hasta ahora.
¿A qué viene este atropello mediático de buena parte de la prensa de Madrid contra Catalunya? Manuel Azaña lo decía ya en 1933 cuando se aprobó el primer Estatuto catalán al expresar su convencimiento de que las malas inteligencias entre Catalunya y el resto de España nacen, entre otras causas, de una muy importante, que es la ignorancia.
También de la resistencia a admitir que el hecho diferencial existe por razones históricas y culturales. En un ambiente parecido de clara hostilidad anticatalana, Cambó se dirigió a los políticos de la derecha españolista con aquella sentencia tan conocida: pasará este Parlamento, desaparecerán todos los partidos que están aquí representados, caerán regímenes y el hecho vivo de Catalunya subsistirá.
No es solamente la derecha política la que no acepta la diferencialidad catalana, sino también una parte de la izquierda y el sentimiento muy extendido en la opinión pública española.
La fragilidad política de Zapatero lo ha empujado a dar vía libre a un nuevo modelo de financiación que, en realidad, es un replanteamiento en profundidad de la organización territorial del Estado en el que Catalunya se pueda sentir cómoda y justamente tratada.
Los grandes estados del mundo, desde el imperio romano hasta el austrohúngaro pasando por Estados Unidos y el Reino Unido, son ejemplos de una riquísima diversidad de naciones, culturas, paisajes humanos, usos y tradiciones que han mantenido una unidad aparentemente precaria pero que ha sido su gran fuerza.
Mientras no se acepte con normalidad que hay más de una manera de sentirse español, mientras todo lo que venga de Catalunya sea sospechoso, mientras todo valga para atizar a los catalanes, aumentará la desafección y crecerá el sentimjento independentista. Estoy de acuerdo con Rafael Jorba cuando dice que "estamos delante de la última oportunidad de poder vestir una Catalunya libre y plena, en el marco de un Estado español que haga de la identidad del otro el fundamento de su fortaleza".
Las raíces del catalanismo son culturales, cívicas, integradoras e históricas. ¿Cuesta tanto entenderlo?
jueves, 16 de julio de 2009
SERA EL PP ALIADO DE ESQUERRA?
Por Pilar Rahola La Vanguardia 16 7 09
No hay duda de que, contra el PP, ERC vive mejor, y en el victimismo fluye su mejor resultado
Enric Juliana lo ha explicado con su natural perspicacia. Dice que esta vez, el terremoto anticatalán no llegará a la escala 7,5 del que sacudió la villa y corte en el 2005, cuando se llegó a leer la pintada "no entrar, que son catalanes", frente al supermercado de Castelló con María de Molina. Fueron tiempos de verbos airados en los micrófonos reclcitrantes, de declaraciones delirantes, en las bocas de rancios líderes, de frontismo abrupto y agresivo. Fueron tiempos en que la campaña del PP alimentó el odio de unos, y el victimismo de otros, hasta el punto de que se establecieron vasos comunicantes entre la estrategia electoral del PP y la de ERC, ambos alimentados por la confrontación catalana. Después llegó la dura realidad para el PP frontista, su hundimiento en Catalunya, su alejamiento del centro racional, y el golpe de Estado de Mariano Rajoy, que acalló los ruidos, controló las furias internas y centró el discurso. Sin embargo, la tentación catalana quedó danzando en las esquinas de la calle Génova, y aún tuvo ocasión de dar antipáticos coletazos. Véase, por ejemplo, la nefasta campaña del PP sobre el catalán en las escuelas, cuando las europeas, uso de niños incluido. Pero, a pesar de esos grotescos ataques de fiebre, es de recibo reconocer que el PP actual está intentando poner sordina al debate catalán, y con él, intenta establecer una nueva relación con esta díscola tierra. Aunque, la pesada herencia del recurso pepero en el Constitucional no construye, precisamente, puentes de diálogo. Más allá, sin embargo, de las hipotecas del pasado, la actualidad facilita un magnífico termómetro para atisbar o desmentir este nuevo paradigma de la derecha española. Sin duda, la reacción del PP respecto al acuerdo de financiación dará la medida del cambio. ¿Se dedicará el PP a despertar a las furias anticatalanas? ¿Usarán, sus líderes autonómicos, la demagogia del agravio económico, como tantas veces han hecho? O ¿intentarán construir una crítica racional, que no pasepor la confrontación territorial, sino por la lógica política?De momento, parece que se impone el sentido común, que es tanto como decir que Rajoy manda más de lo previsible.
Si el terremoto, pues, se mantiene en la escala 4 que prevé Enric Juliana, la carga del tema pasa al otro lado del espectro, allí donde el anticatalanismo facilita la estrategia. ERC necesita, como agua de mayo, la confrontación con la España pepera. No hay ninguna duda de que, contra el PP, ERC vive mejor, y es en el victimismo donde fluyen sus mejores resultados. ERC debe hacer muchas piruetas, justificar las renuncias del acuerdo, venderlo a sus huestes y no morir en el intento. Si el PP se desmelena, ERC adquiere la heroicidad perdida. Pero si se queda sin enemigo malo, ¿cómo explicará la naturaleza de sus amigos?
No hay duda de que, contra el PP, ERC vive mejor, y en el victimismo fluye su mejor resultado
Enric Juliana lo ha explicado con su natural perspicacia. Dice que esta vez, el terremoto anticatalán no llegará a la escala 7,5 del que sacudió la villa y corte en el 2005, cuando se llegó a leer la pintada "no entrar, que son catalanes", frente al supermercado de Castelló con María de Molina. Fueron tiempos de verbos airados en los micrófonos reclcitrantes, de declaraciones delirantes, en las bocas de rancios líderes, de frontismo abrupto y agresivo. Fueron tiempos en que la campaña del PP alimentó el odio de unos, y el victimismo de otros, hasta el punto de que se establecieron vasos comunicantes entre la estrategia electoral del PP y la de ERC, ambos alimentados por la confrontación catalana. Después llegó la dura realidad para el PP frontista, su hundimiento en Catalunya, su alejamiento del centro racional, y el golpe de Estado de Mariano Rajoy, que acalló los ruidos, controló las furias internas y centró el discurso. Sin embargo, la tentación catalana quedó danzando en las esquinas de la calle Génova, y aún tuvo ocasión de dar antipáticos coletazos. Véase, por ejemplo, la nefasta campaña del PP sobre el catalán en las escuelas, cuando las europeas, uso de niños incluido. Pero, a pesar de esos grotescos ataques de fiebre, es de recibo reconocer que el PP actual está intentando poner sordina al debate catalán, y con él, intenta establecer una nueva relación con esta díscola tierra. Aunque, la pesada herencia del recurso pepero en el Constitucional no construye, precisamente, puentes de diálogo. Más allá, sin embargo, de las hipotecas del pasado, la actualidad facilita un magnífico termómetro para atisbar o desmentir este nuevo paradigma de la derecha española. Sin duda, la reacción del PP respecto al acuerdo de financiación dará la medida del cambio. ¿Se dedicará el PP a despertar a las furias anticatalanas? ¿Usarán, sus líderes autonómicos, la demagogia del agravio económico, como tantas veces han hecho? O ¿intentarán construir una crítica racional, que no pasepor la confrontación territorial, sino por la lógica política?De momento, parece que se impone el sentido común, que es tanto como decir que Rajoy manda más de lo previsible.
Si el terremoto, pues, se mantiene en la escala 4 que prevé Enric Juliana, la carga del tema pasa al otro lado del espectro, allí donde el anticatalanismo facilita la estrategia. ERC necesita, como agua de mayo, la confrontación con la España pepera. No hay ninguna duda de que, contra el PP, ERC vive mejor, y es en el victimismo donde fluyen sus mejores resultados. ERC debe hacer muchas piruetas, justificar las renuncias del acuerdo, venderlo a sus huestes y no morir en el intento. Si el PP se desmelena, ERC adquiere la heroicidad perdida. Pero si se queda sin enemigo malo, ¿cómo explicará la naturaleza de sus amigos?
domingo, 28 de junio de 2009
LA ESPAÑA PLURAL
25+ 2: ¿liderazgo? La Vanguardia 28-06-09
Ferran Requejo
Hace cinco años, el Gobierno socialista, con el liderazgo de Rodríguez Zapatero, pareció apostar por una actitud más abierta y decidida que los gobiernos anteriores del PSOE y PP para establecer un acuerdo amplio que recondujera la articulación política y financiera de Catalunya en la democracia española. Eran los días de la España plural.La reforma del Estatut y del modelo de financiación aparecían como dos palancas básicas para esta reforma histórica, que permitiría a España entrar en la modernidad política en el tema territorial, y solucionar lo que se hizo mal en la transición y en el desarrollo constitucional.
¿Cuál es el balance para Catalunya de los gobiernos de Zapatero en torno a la España plural,el Estatut, la financiación y las infraestructuras? Pues tras cinco años, se trata de un balance francamente pobre (la decisión de la ampliación del aeropuerto pertenece a un periodo muy anterior, tras aprobarse la faraónica T4 madrileña). En estos años se ha mantenido el casi expolio fiscal que representa para los catalanes el actual sistema de financiación; se ha persistido en la escasa inversión anual del Gobierno central en Catalunya (una deuda histórica,esta de verdad); no se ha reformado la obsoleta gestión centralizada del aeropuerto de Barcelona para que tenga su centro de gravedad en Catalunya, y se ha continuado invadiendo competencias por parte del Gobierno central. El nuevo Estatut (2006), con todas sus limitaciones y decepciones, es una ley vigente, pero no lo parece.
¿Y ahora qué? En el horizonte inmediato aparecen dos temas estrella: el modelo de financiación y la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el Estatut. Se trata de dos temas de calado frente a los que el Gobierno de la Generalitat y los partidos catalanes deberían reaccionar si, como es previsible, se degrada aún más el autogobierno por vía interpretativa y no se cuenta con una financiación solvente.
Todo apunta a que el Gobierno central está proponiendo un modelo de financiación de cortos vuelos, escudado demagógicamente en la situación de crisis económica
- que es algo que técnicamente no incide en el modelo-.Parece que no va a ser ni mucho menos una propuesta para solucionar el problema de fondo. Ni en términos de equidad, ni en términos de eficacia. El Gobierno central sigue ahondando la perspectiva de que Catalunya avance con el freno de mano puesto. Lo cual, además de injusto e inaceptable para los catalanes, resulta irracional para el conjunto del sistema.
Tras el actual desapego generalizado de la población catalana sobre la situación política de los tres últimos años - manifestado en diversos indicadores de desafección política (abstención, resultados de encuestas de opinión...)-,la organización política que parece clave en estos momentos es el PSC. Se trata de un partido que nunca se ha opuesto al PSOE, especialmente en los tramos decisivos de las decisiones, cuando impera una lógica de confrontación con el Gobierno central. Una vez asumida la presidencia de la Generalitat, parecía que esta actuación iba a cambiar, cuando menos en términos institucionales. ¿Qué actitud política adoptará este partido desde el Gobierno de la Generalitat, desde sus 25 diputados en el Congreso (presupuestos del Estado) y sus dos ministros frente a los dos temas mencionados?; ¿qué deberían hacer unos y otros frente a las probables decepciones del modelo de financiación?; ¿y frente a la previsible interpretación a la baja del autogobierno por parte de un TC deslegitimado y manipulado por los dos grandes partidos españoles? ¿Va a ser asumido un modelo de financiación insuficiente y acatada sin más la sentencia del TC si vulnera aspectos clave del autogobierno? El país debe reaccionar. La sociedad civil puede sumarse a una reacción, pero el liderazgo político resulta imprescindible.
Estamos entrando en una nueva fase política. El futuro inmediato del país parece que va a estar presidido por una lógica de confrontación más que de consenso en las relaciones con el Gobierno central. Y para ello Catalunya necesita gobiernos fuertes. El tripartito no lo es. Tampoco lo sería un gobierno de CiU en solitario. El país necesita gobiernos nacionales, coherentes, estables y con programas políticamente ambiciosos que sitúen y refuercen al país en un mundo crecientemente competitivo e interconectado. Europa ya es pequeña como marco de actuación. La clase política catalana habla de globalización, pero todavía mira demasiado a España. El marco de actuación es el mundo. Hace falta más valentía, establecer objetivos claros y, si es necesario, tirar pel dret.
Catalunya necesita gobiernos transversales que tomen decisiones estratégicas en los temas cruciales de futuro (infraestructuras, economía, investigación-innovación, proyección exterior, inmigración, autogobierno, etcétera). Unas decisiones que los gobiernos débiles no toman. Estos últimos incentivan una lógica de gobierno-oposición que propicia una confrontación entre los partidos catalanes. Una lógica basada en reproches mutuos de muy poco alcance político en términos de futuro y que, además, fomentan la desafección ciudadana. Estamos en un momento en el que urge una recuperación de la política en su sentido más amplio y más noble. ¿Estarán el PSC y el resto de partidos a la altura del momento?, ¿o vamos a seguir con letanías de reproches internos? Desde una perspectiva de país, los verdaderos adversarios no están dentro de Catalunya, están fuera.
F. REQUEJO, catedrático de Ciencia Política (UPF) y coautor de ´Desigualtats en democràcia´ (Eumo, 2009)
Ferran Requejo
Hace cinco años, el Gobierno socialista, con el liderazgo de Rodríguez Zapatero, pareció apostar por una actitud más abierta y decidida que los gobiernos anteriores del PSOE y PP para establecer un acuerdo amplio que recondujera la articulación política y financiera de Catalunya en la democracia española. Eran los días de la España plural.La reforma del Estatut y del modelo de financiación aparecían como dos palancas básicas para esta reforma histórica, que permitiría a España entrar en la modernidad política en el tema territorial, y solucionar lo que se hizo mal en la transición y en el desarrollo constitucional.
¿Cuál es el balance para Catalunya de los gobiernos de Zapatero en torno a la España plural,el Estatut, la financiación y las infraestructuras? Pues tras cinco años, se trata de un balance francamente pobre (la decisión de la ampliación del aeropuerto pertenece a un periodo muy anterior, tras aprobarse la faraónica T4 madrileña). En estos años se ha mantenido el casi expolio fiscal que representa para los catalanes el actual sistema de financiación; se ha persistido en la escasa inversión anual del Gobierno central en Catalunya (una deuda histórica,esta de verdad); no se ha reformado la obsoleta gestión centralizada del aeropuerto de Barcelona para que tenga su centro de gravedad en Catalunya, y se ha continuado invadiendo competencias por parte del Gobierno central. El nuevo Estatut (2006), con todas sus limitaciones y decepciones, es una ley vigente, pero no lo parece.
¿Y ahora qué? En el horizonte inmediato aparecen dos temas estrella: el modelo de financiación y la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el Estatut. Se trata de dos temas de calado frente a los que el Gobierno de la Generalitat y los partidos catalanes deberían reaccionar si, como es previsible, se degrada aún más el autogobierno por vía interpretativa y no se cuenta con una financiación solvente.
Todo apunta a que el Gobierno central está proponiendo un modelo de financiación de cortos vuelos, escudado demagógicamente en la situación de crisis económica
- que es algo que técnicamente no incide en el modelo-.Parece que no va a ser ni mucho menos una propuesta para solucionar el problema de fondo. Ni en términos de equidad, ni en términos de eficacia. El Gobierno central sigue ahondando la perspectiva de que Catalunya avance con el freno de mano puesto. Lo cual, además de injusto e inaceptable para los catalanes, resulta irracional para el conjunto del sistema.
Tras el actual desapego generalizado de la población catalana sobre la situación política de los tres últimos años - manifestado en diversos indicadores de desafección política (abstención, resultados de encuestas de opinión...)-,la organización política que parece clave en estos momentos es el PSC. Se trata de un partido que nunca se ha opuesto al PSOE, especialmente en los tramos decisivos de las decisiones, cuando impera una lógica de confrontación con el Gobierno central. Una vez asumida la presidencia de la Generalitat, parecía que esta actuación iba a cambiar, cuando menos en términos institucionales. ¿Qué actitud política adoptará este partido desde el Gobierno de la Generalitat, desde sus 25 diputados en el Congreso (presupuestos del Estado) y sus dos ministros frente a los dos temas mencionados?; ¿qué deberían hacer unos y otros frente a las probables decepciones del modelo de financiación?; ¿y frente a la previsible interpretación a la baja del autogobierno por parte de un TC deslegitimado y manipulado por los dos grandes partidos españoles? ¿Va a ser asumido un modelo de financiación insuficiente y acatada sin más la sentencia del TC si vulnera aspectos clave del autogobierno? El país debe reaccionar. La sociedad civil puede sumarse a una reacción, pero el liderazgo político resulta imprescindible.
Estamos entrando en una nueva fase política. El futuro inmediato del país parece que va a estar presidido por una lógica de confrontación más que de consenso en las relaciones con el Gobierno central. Y para ello Catalunya necesita gobiernos fuertes. El tripartito no lo es. Tampoco lo sería un gobierno de CiU en solitario. El país necesita gobiernos nacionales, coherentes, estables y con programas políticamente ambiciosos que sitúen y refuercen al país en un mundo crecientemente competitivo e interconectado. Europa ya es pequeña como marco de actuación. La clase política catalana habla de globalización, pero todavía mira demasiado a España. El marco de actuación es el mundo. Hace falta más valentía, establecer objetivos claros y, si es necesario, tirar pel dret.
Catalunya necesita gobiernos transversales que tomen decisiones estratégicas en los temas cruciales de futuro (infraestructuras, economía, investigación-innovación, proyección exterior, inmigración, autogobierno, etcétera). Unas decisiones que los gobiernos débiles no toman. Estos últimos incentivan una lógica de gobierno-oposición que propicia una confrontación entre los partidos catalanes. Una lógica basada en reproches mutuos de muy poco alcance político en términos de futuro y que, además, fomentan la desafección ciudadana. Estamos en un momento en el que urge una recuperación de la política en su sentido más amplio y más noble. ¿Estarán el PSC y el resto de partidos a la altura del momento?, ¿o vamos a seguir con letanías de reproches internos? Desde una perspectiva de país, los verdaderos adversarios no están dentro de Catalunya, están fuera.
F. REQUEJO, catedrático de Ciencia Política (UPF) y coautor de ´Desigualtats en democràcia´ (Eumo, 2009)
viernes, 26 de junio de 2009
DISCUTIR COMO AYER
Antoni Puigverd
¿Viejas polémicas catalanas para responder a preguntas económicas de hoy?
La discusión que han mantenido mis admirados Francesc de Carreras, Toni Soler y Jordi Barbeta, a propósito de la gestión del aeropuerto de El Prat, demuestra que todavía tardará algún tiempo el periodismo catalán en tomar conciencia del agotamiento de la narración que ha centrado los últimos treinta años. Soler y Barbeta, efectivamente, cayeron en el prejuicio de confundir la referencia de De Carreras a la Generalitat con una referencia a Catalunya y aprovecharon la ocasión para ironizar sobre sus posiciones. Pero De Carreras describe las relaciones de poder en España en términos abstractos o jurídicos: como si no existieran intereses en disputa, como si no estuviera en juego mucho que perder o que ganar para todos los catalanes, sea cual sea su sentimiento, cuando hablamos de la gestión de un aeropuerto, un instrumento fundamental de la política económica en la era global, según han explicado tantas veces en nuestras páginas Pedro Nueno y Germà Bel. De Carreras usa expresiones aparentemente objetivas que sólo pueden valorarse subjetivamente: "el reparto de competencias (…) debe hacerse por razones de eficacia".
Asistimos, de un tiempo a esta parte, a una nueva idealización tecnocrática. Sucede siempre que la política entra en crisis de confianza. La gestión administrativa adquiere, por contraste, un aura de "asepsia" y "neutralidad". Lo técnico, especialmente en los añejos pasillos del Estado, no estaría "contaminado" por lo político (ni por lo sentimental, siempre sospechoso de obsceno interés o irracionalidad). Sólo en un caso la tecnocracia estaría contaminada: la Administración autonómica. Mientras todo el mundo se rasga las vestiduras (yo el primero) por los excesos suntuarios de las autonomías (trajes, coches o viajes), nunca los medios sospechan de los excesos de la Administración del Estado. Ysi, como sucede ahora, se revelan supuestos gastos faraónicos del director de lo servicios secretos (CNI), no se cuestiona la funcionalidad del sistema: se cuestiona al personaje, pretexto en realidad, de la enésima batalla por el control del poder central.
Planteada en los términos de mis queridos colegas, la polémica sobre la gestión del aeropuerto confronta inútilmente dos prejuicios. Pero el tiempo de este dilema ya ha pasado. La gestión de Aena, técnicamente impecable, responde a una visión radial de España, que bloquea la conversión de Barcelona en nódulo de la red global y, por lo tanto, la provincializa económicamente. Infinitamente más decisivo que un poco más o menos de nación en el Estatut era, por lo tanto, la cuestión del aeropuerto. La narración política todavía da vueltas a la noria sentimental, pero los cambios en la estructura económica de España deberían suscitar en todos los catalanes, piensen o sientan como De Carreras o como Soler, una reflexión: Si nos interesa defender hoy la potencialidad de Barcelona, ¿qué hay que hacer?
'
La vanguardia. 26-6-09
¿Viejas polémicas catalanas para responder a preguntas económicas de hoy?
La discusión que han mantenido mis admirados Francesc de Carreras, Toni Soler y Jordi Barbeta, a propósito de la gestión del aeropuerto de El Prat, demuestra que todavía tardará algún tiempo el periodismo catalán en tomar conciencia del agotamiento de la narración que ha centrado los últimos treinta años. Soler y Barbeta, efectivamente, cayeron en el prejuicio de confundir la referencia de De Carreras a la Generalitat con una referencia a Catalunya y aprovecharon la ocasión para ironizar sobre sus posiciones. Pero De Carreras describe las relaciones de poder en España en términos abstractos o jurídicos: como si no existieran intereses en disputa, como si no estuviera en juego mucho que perder o que ganar para todos los catalanes, sea cual sea su sentimiento, cuando hablamos de la gestión de un aeropuerto, un instrumento fundamental de la política económica en la era global, según han explicado tantas veces en nuestras páginas Pedro Nueno y Germà Bel. De Carreras usa expresiones aparentemente objetivas que sólo pueden valorarse subjetivamente: "el reparto de competencias (…) debe hacerse por razones de eficacia".
Asistimos, de un tiempo a esta parte, a una nueva idealización tecnocrática. Sucede siempre que la política entra en crisis de confianza. La gestión administrativa adquiere, por contraste, un aura de "asepsia" y "neutralidad". Lo técnico, especialmente en los añejos pasillos del Estado, no estaría "contaminado" por lo político (ni por lo sentimental, siempre sospechoso de obsceno interés o irracionalidad). Sólo en un caso la tecnocracia estaría contaminada: la Administración autonómica. Mientras todo el mundo se rasga las vestiduras (yo el primero) por los excesos suntuarios de las autonomías (trajes, coches o viajes), nunca los medios sospechan de los excesos de la Administración del Estado. Ysi, como sucede ahora, se revelan supuestos gastos faraónicos del director de lo servicios secretos (CNI), no se cuestiona la funcionalidad del sistema: se cuestiona al personaje, pretexto en realidad, de la enésima batalla por el control del poder central.
Planteada en los términos de mis queridos colegas, la polémica sobre la gestión del aeropuerto confronta inútilmente dos prejuicios. Pero el tiempo de este dilema ya ha pasado. La gestión de Aena, técnicamente impecable, responde a una visión radial de España, que bloquea la conversión de Barcelona en nódulo de la red global y, por lo tanto, la provincializa económicamente. Infinitamente más decisivo que un poco más o menos de nación en el Estatut era, por lo tanto, la cuestión del aeropuerto. La narración política todavía da vueltas a la noria sentimental, pero los cambios en la estructura económica de España deberían suscitar en todos los catalanes, piensen o sientan como De Carreras o como Soler, una reflexión: Si nos interesa defender hoy la potencialidad de Barcelona, ¿qué hay que hacer?
'
La vanguardia. 26-6-09
miércoles, 27 de mayo de 2009
EL HIMNO NACIONAL
Algunos dirigentes del PP han manifestado sus intenciones de elevar a los tribunales o a altas instancias la pita al himno nacional. Aquí tenemos otra opinión.PB
Un himno a la prudencia
1. • Despreciar los símbolos ajenos tiene una consecuencia: que los nuestros reciban el mismo trato
JOAN J. Queralt El Periociodo 25 05 09
La sonora pita que recibió el himno español en la final de la Copa del Rey, celebrada el pasado 13 de mayo en Mestalla, dio rienda suelta a las estulticias patrias y trajo a mi memoria dos escenas cinematográficas. La más antigua pertenece a la infancia: en Un taxi para Tobruk (1960), Lino Ventura, al paso de la bandera francesa en el desfile del 14 de julio, sale de la ensoñación (el recuerdo de la epopeya vivida y que nos acaba de servir la pantalla) cuando el listillo de turno le increpa por no descubrirse al paso de la enseña nacional. En la más reciente, La ciutat cremada (1976) el Barça llega a la estación de França desde Madrid con la primera Copa de la historia, y entre las aclamaciones a los ganadores, la Guardia Civil a caballo y sable plano en mano carga contra los clamores deportivos-patrióticos al persuasivo y racial grito de «¡Viva España, leche!»
Ambas escenas --y la de la pitada de Mestalla-- son muestras de un hecho esencial y olvidado: el patriotismo es algo que cada uno siente de forma diferente y expresa de forma diferente. Por tanto, no se puede obligar a nadie a ser patriota y a ser igual de patriota que uno mismo, pues ello tiene un efecto de exclusión de los que no pueden o no quieren integrarse en la misma comunidad sentimental, no siempre mínimamente racional. El patriotismo es un sentimiento, no un deber: algo así como la fe del carbonero.
Recordaba Andreu Mercè Varela que el Barcelona fue sancionado gubernativamente en los años cuarenta por la falta de entusiasmo de la grada a la hora de vitorear al Caudillo cuando llegaba al campo de Les Corts. Quizá son los tiempos que añora el senador popular por Melilla al reclamar sanciones para el FC Barcelona y el Athletic Club de Bilbao por el comportamiento de sus hinchadas. Ello al margen de hacer responder a dos entidades por el comportamiento de desconocidos.
El sentimiento hacia los símbolos, que cuando no son los propios se considera característico de un identitario cateto, requiere cierta empatía, una complicidad mínima. El hecho de que una mayoría de los catalanes y los vascos se sientan tan catalanes como españoles no dice nada acerca de cómo entienden esa españolidad, esa catalanidad o esa vasquicidad, demostrando, en contra del simplismo centralista y afrancesado, que se puede querer a papá, a mamá, al hermano, al novio o a la abuela, y hasta a la suegra, simultáneamente y con intensidades propias de cada relación, sin que un amor o una afinidad deban excluir o aminorar otro.
Durante la transición, también recordaba el umedo Juli Busquets que, cuando la bandera española paseada era la republicana, tenía una aceptación que no tenía la bicolor. Eso da una idea de, como mínimo, dos concepciones de España, una de las cuales quiere despegarse de la España eterna, que para otros es la única, en definitiva, válida. Tres cuartos de lo mismo sucede con quienes, sintiéndose los depositarios del grial catalán, que no van más allá de una cierta minoría catalana en todos los sentidos, reparten títulos de patriotismo cuatribarrado.
Si como, con acierto, señalaba días atrás en estas mismas páginas Juan-José López Burniol, vivimos «la profunda ruptura sentimental entre Catalunya y España, puesta de manifiesto en la ausencia de un proyecto compartido», el camino, si se desea, al menos por una de las partes, de restañar las heridas no es desde luego clamar por sanciones ni deportivas ni de ninguna clase. Acudir a las sanciones, aparte de inconveniente en el terreno emocional, es ilegítimo.
Si bien hemos tildado, con razón, de impropios los ataques del fundamentalismo islamista contra Rush- die o las caricaturas danesas sobre Mahoma, llevamos un año procesando y, en algún caso, condenando, caricaturas contra la Corona y sus miembros o la quema de sus fotos. Este redescubrimiento de quiméricos delitos de lesa majestad pretende tener su continuidad en la demonización de todos los catalanes y todos los vascos por el comportamiento, digámoslo claro, legítimo pero inconveniente de algunos aficionados en las gradas de Mestalla.
¿Por qué digo que es legítimo? Porque el desacuerdo público y gestual, incluido el más sonoro, es una cabal manifestación de la libertad de expresión, que aquí, para ser auténtica libertad de expresión, carece de límites. No saludar a la bandera o quemarla fueron actos que, en dos fechas muy señaladas, 1940 y 1969, el Tribunal Supremo (de Estados Unidos) declaró impunes e hijos de la libertad de expresión. Ambas sentencias están en el genoma de los sistemas democráticos.
Ahora bien, despreciar los símbolos ajenos por considerarlos odiosos --es irrelevante si es con razón o sin ella-- tiene una consecuencia obvia: que los nuestros pueden ser objeto del mismo escarnio. ¿Qué pensaríamos y que reacciones tendríamos si nuestros símbolos fueran tratados a la recíproca con igual desprecio? Hay una enorme distancia entre lo que se puede hacer, lo que se debe hacer y lo que hay que hacer. Esa distancia se recorre en un vehículo tan preciso como delicado: la prudencia. Prudencia que ya se ha practicado y, con éxito, entre nosotros. Recordemos la entrada de los Reyes en el Estadio de Montjuïc, en la inauguración de los Juegos Olímpicos: entraron a los sones consecutivos de la Marcha Real y Els segadors, respetuoso silencio y los militares presentes en posición de saludo. ¿Tanto cuesta un poco de prudencia?
Catedrático de Derecho Penal de la UB
Un himno a la prudencia
1. • Despreciar los símbolos ajenos tiene una consecuencia: que los nuestros reciban el mismo trato
JOAN J. Queralt El Periociodo 25 05 09
La sonora pita que recibió el himno español en la final de la Copa del Rey, celebrada el pasado 13 de mayo en Mestalla, dio rienda suelta a las estulticias patrias y trajo a mi memoria dos escenas cinematográficas. La más antigua pertenece a la infancia: en Un taxi para Tobruk (1960), Lino Ventura, al paso de la bandera francesa en el desfile del 14 de julio, sale de la ensoñación (el recuerdo de la epopeya vivida y que nos acaba de servir la pantalla) cuando el listillo de turno le increpa por no descubrirse al paso de la enseña nacional. En la más reciente, La ciutat cremada (1976) el Barça llega a la estación de França desde Madrid con la primera Copa de la historia, y entre las aclamaciones a los ganadores, la Guardia Civil a caballo y sable plano en mano carga contra los clamores deportivos-patrióticos al persuasivo y racial grito de «¡Viva España, leche!»
Ambas escenas --y la de la pitada de Mestalla-- son muestras de un hecho esencial y olvidado: el patriotismo es algo que cada uno siente de forma diferente y expresa de forma diferente. Por tanto, no se puede obligar a nadie a ser patriota y a ser igual de patriota que uno mismo, pues ello tiene un efecto de exclusión de los que no pueden o no quieren integrarse en la misma comunidad sentimental, no siempre mínimamente racional. El patriotismo es un sentimiento, no un deber: algo así como la fe del carbonero.
Recordaba Andreu Mercè Varela que el Barcelona fue sancionado gubernativamente en los años cuarenta por la falta de entusiasmo de la grada a la hora de vitorear al Caudillo cuando llegaba al campo de Les Corts. Quizá son los tiempos que añora el senador popular por Melilla al reclamar sanciones para el FC Barcelona y el Athletic Club de Bilbao por el comportamiento de sus hinchadas. Ello al margen de hacer responder a dos entidades por el comportamiento de desconocidos.
El sentimiento hacia los símbolos, que cuando no son los propios se considera característico de un identitario cateto, requiere cierta empatía, una complicidad mínima. El hecho de que una mayoría de los catalanes y los vascos se sientan tan catalanes como españoles no dice nada acerca de cómo entienden esa españolidad, esa catalanidad o esa vasquicidad, demostrando, en contra del simplismo centralista y afrancesado, que se puede querer a papá, a mamá, al hermano, al novio o a la abuela, y hasta a la suegra, simultáneamente y con intensidades propias de cada relación, sin que un amor o una afinidad deban excluir o aminorar otro.
Durante la transición, también recordaba el umedo Juli Busquets que, cuando la bandera española paseada era la republicana, tenía una aceptación que no tenía la bicolor. Eso da una idea de, como mínimo, dos concepciones de España, una de las cuales quiere despegarse de la España eterna, que para otros es la única, en definitiva, válida. Tres cuartos de lo mismo sucede con quienes, sintiéndose los depositarios del grial catalán, que no van más allá de una cierta minoría catalana en todos los sentidos, reparten títulos de patriotismo cuatribarrado.
Si como, con acierto, señalaba días atrás en estas mismas páginas Juan-José López Burniol, vivimos «la profunda ruptura sentimental entre Catalunya y España, puesta de manifiesto en la ausencia de un proyecto compartido», el camino, si se desea, al menos por una de las partes, de restañar las heridas no es desde luego clamar por sanciones ni deportivas ni de ninguna clase. Acudir a las sanciones, aparte de inconveniente en el terreno emocional, es ilegítimo.
Si bien hemos tildado, con razón, de impropios los ataques del fundamentalismo islamista contra Rush- die o las caricaturas danesas sobre Mahoma, llevamos un año procesando y, en algún caso, condenando, caricaturas contra la Corona y sus miembros o la quema de sus fotos. Este redescubrimiento de quiméricos delitos de lesa majestad pretende tener su continuidad en la demonización de todos los catalanes y todos los vascos por el comportamiento, digámoslo claro, legítimo pero inconveniente de algunos aficionados en las gradas de Mestalla.
¿Por qué digo que es legítimo? Porque el desacuerdo público y gestual, incluido el más sonoro, es una cabal manifestación de la libertad de expresión, que aquí, para ser auténtica libertad de expresión, carece de límites. No saludar a la bandera o quemarla fueron actos que, en dos fechas muy señaladas, 1940 y 1969, el Tribunal Supremo (de Estados Unidos) declaró impunes e hijos de la libertad de expresión. Ambas sentencias están en el genoma de los sistemas democráticos.
Ahora bien, despreciar los símbolos ajenos por considerarlos odiosos --es irrelevante si es con razón o sin ella-- tiene una consecuencia obvia: que los nuestros pueden ser objeto del mismo escarnio. ¿Qué pensaríamos y que reacciones tendríamos si nuestros símbolos fueran tratados a la recíproca con igual desprecio? Hay una enorme distancia entre lo que se puede hacer, lo que se debe hacer y lo que hay que hacer. Esa distancia se recorre en un vehículo tan preciso como delicado: la prudencia. Prudencia que ya se ha practicado y, con éxito, entre nosotros. Recordemos la entrada de los Reyes en el Estadio de Montjuïc, en la inauguración de los Juegos Olímpicos: entraron a los sones consecutivos de la Marcha Real y Els segadors, respetuoso silencio y los militares presentes en posición de saludo. ¿Tanto cuesta un poco de prudencia?
Catedrático de Derecho Penal de la UB
lunes, 12 de enero de 2009
LO CATALAN COMO ANOMALÍA
La Vanguardia 12-01-09
Leer hasta el final. Gracies Francesc. (PB)
EL DIPLOMATICO Y EL NATIVO)
Francesc-Marc Álvaro
El proceso del nuevo Estatut y la inacabable negociación de la financiación nos han aburrido a todos
Hace algunas semanas, almorcé con un diplomático extranjero que tenía interés en comprender un poco las relaciones entre Catalunya y Madrid así como los singulares contornos de la política y la sociedad catalanas. Esta persona, representante de un país rico y desarrollado, con una acreditada cultura democrática a años luz de la española, hizo algo que resulta muy sensato pero que no es, me temo, demasiado frecuente: quiso saber de primera mano qué es Catalunya, más allá de lo que los medios madrileños de comunicación recogen y difunden, más allá también del clima político propio de la capital del Estado. Este diplomático no se desplazó a Barcelona para confirmar una tesis preestablecida ni lo hizo para documentar sus prejuicios. Tan sólo buscaba romper la burbuja y acceder directamente a una realidad distinta, hablando con personas de perfiles profesionales e ideológicos diversos. Sus preguntas eran inteligentes y su actitud abierta, como corresponde a un profesional de la diplomacia. El encuentro fue muy agradable e, inmediatamente, pensé lo siguiente: ¿por qué es tan difícil, por no decir imposible, mantener una charla tranquila y franca sobre estos asuntos con españoles de fuera de Catalunya, incluso con personas cultas, informadas y tolerantes?
El nativo catalán acostumbra a hacerse esta pregunta varias veces al año. Incluso si el nativo catalán es ajeno a toda militancia o sentimiento catalanista, como le ocurrió a un amigo que, durante las pasadas vacaciones navideñas, se lo pasó en grande con unas chicas que viven en Madrid y proceden de varias provincias. Todo fue como una seda hasta que se mentó a las bichas habituales: el Estatut, la financiación y la lengua catalana. Aquellas muchachas, con empleos de alto nivel y acostumbradas a moverse en un mundo marcado por la globalización y la diversidad de mentalidades y culturas, se transformaron en fanáticas juezas de la Santa Inquisición, capaces de condenar en cinco minutos a todo aquel que no encaje en su esquema sagrado, inmutable y único de lo que debe ser España. ¿Por qué resulta imposible hablar con esas chicas como hablé yo con el diplomático extranjero? La respuesta tiene que ver con el respeto. Y el respeto tiene que ver con la percepción del otro. ¿Podemos aceptar que el otro no sea ni se conduzca según el patrón que se trata de imponer? Al final del debate, siempre aparece lo mismo: lo catalán como anomalía sospechosa, insoportable. De ahí derivan opiniones muy arraigadas que sirven de poderoso filtro a todas las noticias: hablan catalán para que no les entendamos, quieren quedarse con todo el dinero, se creen superiores a los demás...
El encuentro con el diplomático extranjero, más allá de constatar lo impracticable de un diálogo civil atenazado por una cultura política reaccionaria basada en el uniformismo, me llevó a otra conclusión. Estamos tan cansados de hablar de ciertas cosas que sólo nos anima hacerlo con aquellos que, observando el problema desde lejos, consiguen aportar preguntas nuevas y observaciones originales que airean el debate. El proceso del nuevo Estatut y la inacabable negociación de la financiación autonómica nos han aburrido a todos, incluso a los que, por convicción y profesión, no podemos desconectar. Esta fatiga del catalanismo, que algunos van anunciando como un mantra cada cierto tiempo, esta vez es más real que nunca, lo cual es paradójico: Catalunya necesita hoy disponer con urgencia de instrumentos legales y recursos suficientes para impedir el colapso de una sociedad que ha crecido por encima de toda previsión y que, además, es un destino preferido de la nueva inmigración que llega a España. Pero este cansancio catalanista, que es más propio del mundo de las ideas que otra cosa, no debería bloquear la toma de decisiones políticas ante los retos que se nos avecinan. Y no lo digo tanto por la inexistencia de un plan B si nos recortan el Estatut o nos ofrecen una financiación de pena. Lo digo por lo previsible y mediocre del juego táctico diario de los partidos, donde sobran defensas que sólo saben romper piernas y faltan delanteros goleadores.
Con todo, y a pesar de lo dicho, hay algo peor que la sensación de estar removiendo cada día las mismas expectativas frustrantes. Es mucho más preocupante ese tipo de derrotismo indiscriminado que sentencia, malhumorado, que "tot és una merda". Desde hace algunos meses, he escuchado esta frase a catalanistas y a no catalanistas, y a votantes de varios partidos, tanto de los que están en el Govern como en la oposición. Los primeros que adoptaron esta frase fueron los que confundieron su suerte personal con la del conjunto del país. Luego, otros muchos, de buena fe, también han repetido y repiten que todo es un desastre. La tentación de sumarse a esta opinión es alta, ciertamente. Pero este diagnóstico no sirve de nada. Para poner fin a la mediocridad política hace falta distinguir y matizar en la crítica.
Cuando ya tomábamos el café, el diplomático me preguntó por mi familia. Le conté que mi abuelo paterno había nacido en Torre Pacheco, en Murcia, y que había venido a Catalunya para trabajar en las obras de la Exposición Internacional de 1929. Marcos ÁlvaroHortelano, mi abuelo, si todavía viviera, no me permitiría decir que "tot és una merda". Tal vez me preguntaría qué es lo que yo estoy dispuesto a hacer para cambiar este panorama.
Leer hasta el final. Gracies Francesc. (PB)
EL DIPLOMATICO Y EL NATIVO)
Francesc-Marc Álvaro
El proceso del nuevo Estatut y la inacabable negociación de la financiación nos han aburrido a todos
Hace algunas semanas, almorcé con un diplomático extranjero que tenía interés en comprender un poco las relaciones entre Catalunya y Madrid así como los singulares contornos de la política y la sociedad catalanas. Esta persona, representante de un país rico y desarrollado, con una acreditada cultura democrática a años luz de la española, hizo algo que resulta muy sensato pero que no es, me temo, demasiado frecuente: quiso saber de primera mano qué es Catalunya, más allá de lo que los medios madrileños de comunicación recogen y difunden, más allá también del clima político propio de la capital del Estado. Este diplomático no se desplazó a Barcelona para confirmar una tesis preestablecida ni lo hizo para documentar sus prejuicios. Tan sólo buscaba romper la burbuja y acceder directamente a una realidad distinta, hablando con personas de perfiles profesionales e ideológicos diversos. Sus preguntas eran inteligentes y su actitud abierta, como corresponde a un profesional de la diplomacia. El encuentro fue muy agradable e, inmediatamente, pensé lo siguiente: ¿por qué es tan difícil, por no decir imposible, mantener una charla tranquila y franca sobre estos asuntos con españoles de fuera de Catalunya, incluso con personas cultas, informadas y tolerantes?
El nativo catalán acostumbra a hacerse esta pregunta varias veces al año. Incluso si el nativo catalán es ajeno a toda militancia o sentimiento catalanista, como le ocurrió a un amigo que, durante las pasadas vacaciones navideñas, se lo pasó en grande con unas chicas que viven en Madrid y proceden de varias provincias. Todo fue como una seda hasta que se mentó a las bichas habituales: el Estatut, la financiación y la lengua catalana. Aquellas muchachas, con empleos de alto nivel y acostumbradas a moverse en un mundo marcado por la globalización y la diversidad de mentalidades y culturas, se transformaron en fanáticas juezas de la Santa Inquisición, capaces de condenar en cinco minutos a todo aquel que no encaje en su esquema sagrado, inmutable y único de lo que debe ser España. ¿Por qué resulta imposible hablar con esas chicas como hablé yo con el diplomático extranjero? La respuesta tiene que ver con el respeto. Y el respeto tiene que ver con la percepción del otro. ¿Podemos aceptar que el otro no sea ni se conduzca según el patrón que se trata de imponer? Al final del debate, siempre aparece lo mismo: lo catalán como anomalía sospechosa, insoportable. De ahí derivan opiniones muy arraigadas que sirven de poderoso filtro a todas las noticias: hablan catalán para que no les entendamos, quieren quedarse con todo el dinero, se creen superiores a los demás...
El encuentro con el diplomático extranjero, más allá de constatar lo impracticable de un diálogo civil atenazado por una cultura política reaccionaria basada en el uniformismo, me llevó a otra conclusión. Estamos tan cansados de hablar de ciertas cosas que sólo nos anima hacerlo con aquellos que, observando el problema desde lejos, consiguen aportar preguntas nuevas y observaciones originales que airean el debate. El proceso del nuevo Estatut y la inacabable negociación de la financiación autonómica nos han aburrido a todos, incluso a los que, por convicción y profesión, no podemos desconectar. Esta fatiga del catalanismo, que algunos van anunciando como un mantra cada cierto tiempo, esta vez es más real que nunca, lo cual es paradójico: Catalunya necesita hoy disponer con urgencia de instrumentos legales y recursos suficientes para impedir el colapso de una sociedad que ha crecido por encima de toda previsión y que, además, es un destino preferido de la nueva inmigración que llega a España. Pero este cansancio catalanista, que es más propio del mundo de las ideas que otra cosa, no debería bloquear la toma de decisiones políticas ante los retos que se nos avecinan. Y no lo digo tanto por la inexistencia de un plan B si nos recortan el Estatut o nos ofrecen una financiación de pena. Lo digo por lo previsible y mediocre del juego táctico diario de los partidos, donde sobran defensas que sólo saben romper piernas y faltan delanteros goleadores.
Con todo, y a pesar de lo dicho, hay algo peor que la sensación de estar removiendo cada día las mismas expectativas frustrantes. Es mucho más preocupante ese tipo de derrotismo indiscriminado que sentencia, malhumorado, que "tot és una merda". Desde hace algunos meses, he escuchado esta frase a catalanistas y a no catalanistas, y a votantes de varios partidos, tanto de los que están en el Govern como en la oposición. Los primeros que adoptaron esta frase fueron los que confundieron su suerte personal con la del conjunto del país. Luego, otros muchos, de buena fe, también han repetido y repiten que todo es un desastre. La tentación de sumarse a esta opinión es alta, ciertamente. Pero este diagnóstico no sirve de nada. Para poner fin a la mediocridad política hace falta distinguir y matizar en la crítica.
Cuando ya tomábamos el café, el diplomático me preguntó por mi familia. Le conté que mi abuelo paterno había nacido en Torre Pacheco, en Murcia, y que había venido a Catalunya para trabajar en las obras de la Exposición Internacional de 1929. Marcos ÁlvaroHortelano, mi abuelo, si todavía viviera, no me permitiría decir que "tot és una merda". Tal vez me preguntaría qué es lo que yo estoy dispuesto a hacer para cambiar este panorama.
BARCELONA-PUIGCERDA LO MISMO QUE EN 1906
¿QUE HA HECHO EL CONDUCTOR PARA MERECER ESTO?
Antoni Puigverd (La Vanguardia 12-01-09)
El transporte público es, en efecto, la utopía de los que multan y decretan la reducción de velocidades
Un lector de La Vanguardia,Albert Altés, contaba ayer domingo las veces que tiene que cambiar de velocidad en sus diarios desplazamientos laborales de Barcelona a Igualada. Unas 21 veces en 62 kilómetros. Albert Altés transmitía la estupefacción, literalmente kafkiana, del ciudadano inocente obligado a prestar atención a los constantes cambios de órdenes impuestos por una autoridad que, imperando en las carreteras a través de los ojos de los radares, se dispone a castigarle al menor descuido.
Centenares de miles de personas se encuentran diariamente en la situación de nuestro maravillado lector. Para emprender una ardua jornada laboral (que, a lo peor, no es solamente ardua, sino angustiada por la crisis), estos infelices deben lanzarse forzosamente a las carreteras del país, pues, si bien los ayuntamientos de la magna conurbación barcelonesa favorecieron la expansión de la ciudad difusa, nadie tuvo en cuenta la urgencia de un sistema de comunicaciones adecuado.
Bastantes de estos sufridos conductores, ya de entrada, pagarán peaje. Más afortunados, otros sólo tirarán parte del sueldo despilfarrando involuntariamente gasolina: atrapados en alguna de las muchas e interminables colas de las primeras horas del día, arrancando y parando una y mil veces. Los colapsos obligan a gastar algo más que gasolina: tiempo. El coche está parado, pero los minutos corren, y los nervios están a flor de piel. Un día más, muchos llegarán tarde al trabajo.
De repente (como sucede por ejemplo en el nudo de El Papiol), algunos conductores se sienten provisionalmente liberados: habían estado largamente detenidos en la autopista, pero, superado el embudo, encaran con cierto desahogo la autovía que conduce a Barcelona. ¡Albricias! El asfalto está relativamente libre. Unos kilómetros más tarde, a la altura de Sant Feliu, los coches procedentes de la congestionada zona de Cornellà y de El Prat formarán otro monumental nudo sádico, con lo que la entrada a Barcelona será insoportablemente lenta (y, de nuevo, carísima en tiempo y gasolina).
Los conductores lo saben. Y desearían apretar el acelerador a 120 para aprovechar estos escasos kilómetros de libertad que hay entre el embudo ya superado y el embudo que les espera. Saben que podrían ganar algo de tiempo al retraso acumulado: la caridad de unos maravillosos minutos. Pero la severidad del ojo del radar es inquebrantable: podrías reducir tu retraso, sí, pero no te dejo. ¡A 80, y punto!
Al infeliz conductor de todo le acusan y por todo le arrean. Compró el modelo que conduce, sugestionado por publicistas que asociaban coche a libertad. Pero está siempre encarcelado en un colapso. Si, cuando las carreteras están libres, su coche se desmelena, le acusan de contaminar y de provocar accidentes. Sermón y multa que te crió.
No satisfechas con el sermón y la multa, las autoridades conminan ahora al infeliz conductor a que cambie de modelo. "Tome conciencia de que la industria automovilística es decisiva: ¡el mantenimiento de muchos puestos de trabajo depende de usted!". La misma autoridad que le conmina a comprar coches y le acusa de contaminar, le avisa ahora de que circular a 80 hora es demasiado. ¡Pronto circulará usted a 40! Cuando esto suceda, el lector Albert Altés y todos los infelices conductores que intentan no perder puntos ni pagar multas deberán contratar un investigador privado para aclarar cuántos indicativos de cambio de velocidad habrá que obedecer entre Barcelona e Igualada.
El infeliz conductor que depende del coche para llegar al trabajo y que gasta lo que no gana en gasolina y peajes se alegra cuando, atrapado en un colapso, escucha por la radio a un mandamás cantar las excelencias del transporte público. El transporte público es, en efecto, la utopía de los que multan y decretan la reducción de velocidades.
El infeliz ciudadano se consuela con esta utopía. Una vez cogió el tren de Igualada a Barcelona y tardó... ¡103 minutos! Peor lo tienen los de Vic, según recordó un candidato del partido que más sermonea al infeliz conductor. Se tarda hoy en tren de Barcelona a Puigcerdà lo mismo que en 1906, cuando Narcís Oller publicó la novela Pilar Prim,que relata un delicioso viaje entre las dos poblaciones.
El mundo se desencuaderna económicamente, el planeta se degrada, las carreteras se colapsan, una parte significativa de la red ferroviaria funciona como 100 años atrás, pero los que mandan no dudan: el conductor corriente y moliente es el único que va pasar por el aro. Atrapado y al borde de un ataque de nervios, el infeliz conductor se pregunta: ¿qué he hecho yo para merecer esto?
Antoni Puigverd (La Vanguardia 12-01-09)
El transporte público es, en efecto, la utopía de los que multan y decretan la reducción de velocidades
Un lector de La Vanguardia,Albert Altés, contaba ayer domingo las veces que tiene que cambiar de velocidad en sus diarios desplazamientos laborales de Barcelona a Igualada. Unas 21 veces en 62 kilómetros. Albert Altés transmitía la estupefacción, literalmente kafkiana, del ciudadano inocente obligado a prestar atención a los constantes cambios de órdenes impuestos por una autoridad que, imperando en las carreteras a través de los ojos de los radares, se dispone a castigarle al menor descuido.
Centenares de miles de personas se encuentran diariamente en la situación de nuestro maravillado lector. Para emprender una ardua jornada laboral (que, a lo peor, no es solamente ardua, sino angustiada por la crisis), estos infelices deben lanzarse forzosamente a las carreteras del país, pues, si bien los ayuntamientos de la magna conurbación barcelonesa favorecieron la expansión de la ciudad difusa, nadie tuvo en cuenta la urgencia de un sistema de comunicaciones adecuado.
Bastantes de estos sufridos conductores, ya de entrada, pagarán peaje. Más afortunados, otros sólo tirarán parte del sueldo despilfarrando involuntariamente gasolina: atrapados en alguna de las muchas e interminables colas de las primeras horas del día, arrancando y parando una y mil veces. Los colapsos obligan a gastar algo más que gasolina: tiempo. El coche está parado, pero los minutos corren, y los nervios están a flor de piel. Un día más, muchos llegarán tarde al trabajo.
De repente (como sucede por ejemplo en el nudo de El Papiol), algunos conductores se sienten provisionalmente liberados: habían estado largamente detenidos en la autopista, pero, superado el embudo, encaran con cierto desahogo la autovía que conduce a Barcelona. ¡Albricias! El asfalto está relativamente libre. Unos kilómetros más tarde, a la altura de Sant Feliu, los coches procedentes de la congestionada zona de Cornellà y de El Prat formarán otro monumental nudo sádico, con lo que la entrada a Barcelona será insoportablemente lenta (y, de nuevo, carísima en tiempo y gasolina).
Los conductores lo saben. Y desearían apretar el acelerador a 120 para aprovechar estos escasos kilómetros de libertad que hay entre el embudo ya superado y el embudo que les espera. Saben que podrían ganar algo de tiempo al retraso acumulado: la caridad de unos maravillosos minutos. Pero la severidad del ojo del radar es inquebrantable: podrías reducir tu retraso, sí, pero no te dejo. ¡A 80, y punto!
Al infeliz conductor de todo le acusan y por todo le arrean. Compró el modelo que conduce, sugestionado por publicistas que asociaban coche a libertad. Pero está siempre encarcelado en un colapso. Si, cuando las carreteras están libres, su coche se desmelena, le acusan de contaminar y de provocar accidentes. Sermón y multa que te crió.
No satisfechas con el sermón y la multa, las autoridades conminan ahora al infeliz conductor a que cambie de modelo. "Tome conciencia de que la industria automovilística es decisiva: ¡el mantenimiento de muchos puestos de trabajo depende de usted!". La misma autoridad que le conmina a comprar coches y le acusa de contaminar, le avisa ahora de que circular a 80 hora es demasiado. ¡Pronto circulará usted a 40! Cuando esto suceda, el lector Albert Altés y todos los infelices conductores que intentan no perder puntos ni pagar multas deberán contratar un investigador privado para aclarar cuántos indicativos de cambio de velocidad habrá que obedecer entre Barcelona e Igualada.
El infeliz conductor que depende del coche para llegar al trabajo y que gasta lo que no gana en gasolina y peajes se alegra cuando, atrapado en un colapso, escucha por la radio a un mandamás cantar las excelencias del transporte público. El transporte público es, en efecto, la utopía de los que multan y decretan la reducción de velocidades.
El infeliz ciudadano se consuela con esta utopía. Una vez cogió el tren de Igualada a Barcelona y tardó... ¡103 minutos! Peor lo tienen los de Vic, según recordó un candidato del partido que más sermonea al infeliz conductor. Se tarda hoy en tren de Barcelona a Puigcerdà lo mismo que en 1906, cuando Narcís Oller publicó la novela Pilar Prim,que relata un delicioso viaje entre las dos poblaciones.
El mundo se desencuaderna económicamente, el planeta se degrada, las carreteras se colapsan, una parte significativa de la red ferroviaria funciona como 100 años atrás, pero los que mandan no dudan: el conductor corriente y moliente es el único que va pasar por el aro. Atrapado y al borde de un ataque de nervios, el infeliz conductor se pregunta: ¿qué he hecho yo para merecer esto?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
