Lluís Foix
El primer paso para deformar la realidad es el cambio del sentido de las palabras
Además de sus actos y sufrimientos, la guerra es un torrente de palabras. Es la percepción de Adan Kovacsics que en Guerra y lenguaje (Acantilado) siente escalofrío cuando a la crueldad de un enfrentamiento se suma la frivolidad verbal. Vivimos tiempos en los que sutilmente estamos perdiendo la fe en las palabras y sin fe en las palabras se tiende a abandonarlo todo, a la confusión general, a estar rodeados de un nuevo analfabetismo que nos conduce a las consecuencias de perder el sentido del lenguaje.
No quiero referirme solamente a la tozudez del Gobierno Zapatero en desconocer la palabra crisis, como consecuencia de los adversos datos económicos que día sí y otro también están apareciendo en las pantallas de la economía española. Si el Gobierno niega la crisis y la endulza con palabras más suaves, menos categóricas, está tirando piedras sobre su propio tejado. La gente experimenta la crisis que ha llegado y no entiende por qué el Gobierno la niega.
El primer paso para deformar la realidad es el cambio del sentido de las palabras. Lo dijo Montaigne hace casi cinco siglos y lo repitió más recientemente Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas.No se teme la crisis sino su negación.
Y lo que es más inquietante es el olvido de lo que se dijo, el sentido que tenían las palabras hace unos meses en comparación con las mismas que ahora se utilizan y que con frecuencia dicen exactamente lo contrario. Ya sé que puede parecer una quimera pero los políticos y, por supuesto, los periodistas, deberíamos recuperar la lengua. La salvación nos llegará por la escritura y por el lenguaje. Podremos resistir si reestructuramos la lengua para evitar perderlo todo.
Cambiando de registro, estamos otra vez con la protección de la lengua castellana, que ya es la tercera lengua en internet y goza de una salud espléndida. También en aquellos territorios que tenemos el privilegio de ser bilingües. La lengua, escribió Nebrija en el prólogo de su Gramática,siempre acompaña al imperio. Ambos han nacido, crecido y prosperado juntos. La lengua mayoritaria, la imperial si se quiere, no se puede tocar. Los idiomas pequeños son marginales. No.
Pueden ser marginales pero son tan importantes como las lenguas grandes. Cada lengua contiene, según Steiner, no solamente una carga de memoria singular de lo que se ha vivido, sino también una energía evolutiva de su futuro, una potencialidad del mañana. La muerte de una lengua es irreparable, reduce las posibilidades del hombre. El castellano no morirá por muchas que sean las alarmas que siembren los intelectuales de postín.
El catalán sí que peligra. El defender su presente y futuro no es cuestión de territorialidad. Es la defensa de un patrimonio que tenemos quienes también escribimos, casi habitualmente, en castellano. Publicado en La Vanguardia
viernes, 3 de octubre de 2008
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