26/9/2008 LA RUEDA (E PERIODICO DE CATALUNYA)
ANTONI Bassas
El chaparrón del lunes al mediodía me pilló en la calle. Refugiado en la puerta de una tienda, una chica me preguntó la hora. Tenía claros rasgos suramericanos. Mi cerebro de catalanohablante metropolitano entró en acción para calcular en una fracción de segundo las posibilidades de éxito de una conversación en catalán en la calle con una desconocida. Está muy entrenado en valorar la relación entre coste y oportunidad.
La lluvia empapaba a la chica y encima eran las dos menos cuarto. ¿Demasiado complicado para un nivel inicial? Al final solté con una cierta desolación: "Són tres quarts de dues". Ella se me quedó mirando y repitió "tres quarts de dues...". Y, con un ligerísimo acento, añadió: "Vaig a la Diagonal. ¿Hi ha un metro a la vora?". Quizá llevaba un tiempo escolarizada aquí o había sido adoptada, vete a saber. El caso es que la doctrina Per començar, prova-ho sempre en català había funcionado, igual que me ocurrió tiempo atrás con una cajera de supermercado (calle de Casp) y este verano con el vigilante de un párking (plaza de Catalunya), ambos con evidentes rasgos transatlánticos.
Si usted me lee desde fuera de Catalunya, quizá alucinará, pero créame que el cálculo de elegir lengua antes de abrir la boca, a menudo inconsciente, delicia de los sociolingüistas, es una experiencia diaria y común aquí. Algunos catalanohablantes ya no calculan: si no quieres tener ningún problema, empieza en castellano. Otros no, empezamos siempre en catalán. Lo hacemos porque aspiramos a comportarnos exactamente igual que todo el mundo, que habla su lengua en su país. También lo hacemos porque negar nuestra lengua a alguien es discriminarlo y despreciar su capacidad de aprender.
Y es una manera normal, sin pedagogías agotadoras ni violentos malos humores, de ir por la vida. Y lo hacemos porque somos los únicos que podemos hacerlo, porque todos los catalanohablantes sin excepción somos bilingües y podemos cambiar de lengua con toda facilidad. Lo único que no queremos es que, a fuerza de cambiar cada día, la nuestra acabe siendo inútil.
lunes, 29 de septiembre de 2008
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